Es difícil, Samuel, someter a la memoria, caprichosa y voluble. A veces, sin embargo, logramos milagrosamente atrapar algún recuerdo, congelar para siempre un instante, o un lugar, o una presencia. Y una estrategia sencilla (una trampa, más bien) para lograr conservar esos retales de vida es prenderlos (como quien cuelga un pantalón en una percha, sí) a la magia de los sentidos.
Una imagen, un aroma, una melodía..., tienen a veces la virtud de accionar el punto exacto de la consciencia y disparan, en un instante, la prodigiosa maquinaria del recuerdo.
Unas pupilas azules, un perfume dulce, dulce…: son el único rescoldo que me queda de aquella breve noche de San Juan en una playa de Menorca. Con ellas tengo bastante para incendiar mis sueños cada noche.
Una imagen, un aroma, una melodía..., tienen a veces la virtud de accionar el punto exacto de la consciencia y disparan, en un instante, la prodigiosa maquinaria del recuerdo.
Unas pupilas azules, un perfume dulce, dulce…: son el único rescoldo que me queda de aquella breve noche de San Juan en una playa de Menorca. Con ellas tengo bastante para incendiar mis sueños cada noche.
Hoy te quiero regalar, Samuel, la magia pura de estas notas que sonaban en la verbena aquella madrugada. Tres veces me preguntaste el nombre mientras hacíamos el amor. Espero que sepan pulsar, en el momento justo, el gatillo de tu memoria.
Play.
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