Siempre he preferido el mismo lado de la cama. Me gusta dormir vuelto sobre mi costado izquierdo, palpando con la punta de los dedos el borde del colchón, lejos de la pared. He dispuesto siempre mis camas con el fin de conciliar ambas condiciones, para que el borde izquierdo quede siempre libre y el derecho contra la pared, y me incomoda no tener esa referencia para distinguir cada lado de la cama. Pura manía, lo reconozco.
Sin embargo, desde que te has marchado, me sorprendo varias veces a lo largo de la noche traicionando mi costumbre, vuelto hacia la derecha y a poco de dar con la pared. Trato de corregir la postura una y otra vez, pero es inútil. Invariablemente amanezco cada día en esta nueva posición. Me resigno. Nada puedo hacer por evitarlo. Pienso que hasta las costumbres más tenaces, esas que se mantienen con obstinación de puro absurdas, las echa a perder el amor. Y espero que algún día me vuelvan a llenar el lado derecho de la cama.
Sin embargo, desde que te has marchado, me sorprendo varias veces a lo largo de la noche traicionando mi costumbre, vuelto hacia la derecha y a poco de dar con la pared. Trato de corregir la postura una y otra vez, pero es inútil. Invariablemente amanezco cada día en esta nueva posición. Me resigno. Nada puedo hacer por evitarlo. Pienso que hasta las costumbres más tenaces, esas que se mantienen con obstinación de puro absurdas, las echa a perder el amor. Y espero que algún día me vuelvan a llenar el lado derecho de la cama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario