martes, 10 de enero de 2017

Autorretrato

Se sienta esta tarde ante el caballete y no tiene claro por dónde empezar. Hace un recorrido por su imaginario (descubre, asombrado, que la historia del arte anidó en alguna vuelta de su melifluo cerebro adolescente): se figura a Goya, flácido, apático, plateándose los rizos a pinceladas gruesas; evoca a Picasso, incrustando en el lienzo dos ojos colosales para la posteridad; se acuerda de Frida, dispuesta a no rebajarse ni un ápice de rareza… Un autorretrato, sin duda, exige valor y exige dominio. Dominio no solo del arte sino también dominio del alma: lo que la gente llama autoconocimiento, en suma. Y él no tiene claro por dónde empezar.

Impregna apenas un pincel bien fino y esboza en el fondo señales de infancia, feliz, impaciente, con color de otoño. Más cerca bosqueja las hojas de un libro que amenazan todas con alzar el vuelo. Aparece aquí (aroma, tan solo) un campo de trigo. Más allá dibuja la línea del mar, cercándolo todo: el Mediterráneo, la luz, los amores. Hay diversas manos que tocan, que abrazan, que reivindican lo digno del tacto. La vida de un lado, la muerte del otro, inmenso el vacío que acaba en la piel. Perfila algún rostro. Atenúa otros. Salpica, a la postre, todo de pasión.

Se da por vencido y toma distancia, puro escepticismo. No encuentra su imagen en aquellos trazos. Quizá es que no piensa que en el negativo de algunas estampas habita su esencia. Él ya no recuerda (adentro, en el último pliegue de su materia gris se abriga Velázquez) que algunos autores se pintan al margen.

Un autorretrato. Osada la empresa.



No hay comentarios:

Publicar un comentario