Después de aquella noche en la que tuvo que tomar conciencia de calzarse, Alfonso decidió celebrar un juicio sumarísimo a cada uno de los objetos de su casa, lanzando cada día una red en la que deseaba recoger la causa de la irrupción inaudita del desorden: un día cambiaba de cajón las llaves, otro día deslizaba la mesilla a medio metro de la cama. Nada. Un día trasladaba de estante la máquina de afeitar, otro día giraba el cepillo de dientes en el vaso del lavabo, sin éxito: la geometría doméstica parecía persistir inalterable cada una de las horas en su ausencia… Hasta que un día la celada tuvo presa, y a la vuelta del estudio un nuevo cambio inesperado quebró el orden del mundo sobre su mesa de cristal. Otra nota: “Me voy, y esta vez es para siempre. Aprendí a abrazar tu cuerpo en el orden de tu ausencia. Ahora no comprendo la medida de tu vida. Dejo las llaves en la mesa, y esta vez no es un error. Almudena”.
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