Todo cambió la noche que Alfonso entró en su casa y no pudo calzarse las pantuflas al primer golpe de pie. De algún modo inexplicable, no estaban en su sitio, y solo un palmo de distancia abrió una brecha de desconfianza entre su piel y aquel refugio que hasta entonces le había sido absolutamente fiel.
Era ordenado en sus costumbres: su oficio de arquitecto le confería cierta visión geométrica del mundo. Como Le Corbusier, tenía claro que la medida de la vida pasaba por la proporción del ser humano, y según este principio procuraba organizar su entorno y su rutina. Había perfeccionado hasta tal punto la escala del espacio que en su pequeño apartamento uno podía deslizarse siguiendo la mecánica anatómica, y eran los propios utensilios los que salían en busca del cuerpo en un hechizo de ensamblaje entre el espacio y su habitante. No ocurría lo mismo, sin embargo, con la proporción del tiempo, que a menudo se le resbalaba de las manos, igual que los relojes de Dalí: viajaba con frecuencia por cuestiones de trabajo, y, cuando no lo hacía, las jornadas laborales en su estudio eran tan largas que Almudena, a quien amó durante tantos años, un buen día se había despedido con una fría nota: “No me busques cuando vuelvas; me habré ido”.
Era ordenado en sus costumbres: su oficio de arquitecto le confería cierta visión geométrica del mundo. Como Le Corbusier, tenía claro que la medida de la vida pasaba por la proporción del ser humano, y según este principio procuraba organizar su entorno y su rutina. Había perfeccionado hasta tal punto la escala del espacio que en su pequeño apartamento uno podía deslizarse siguiendo la mecánica anatómica, y eran los propios utensilios los que salían en busca del cuerpo en un hechizo de ensamblaje entre el espacio y su habitante. No ocurría lo mismo, sin embargo, con la proporción del tiempo, que a menudo se le resbalaba de las manos, igual que los relojes de Dalí: viajaba con frecuencia por cuestiones de trabajo, y, cuando no lo hacía, las jornadas laborales en su estudio eran tan largas que Almudena, a quien amó durante tantos años, un buen día se había despedido con una fría nota: “No me busques cuando vuelvas; me habré ido”.
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