Después de aquella noche en la que tuvo que tomar conciencia de calzarse, Alfonso decidió celebrar un juicio sumarísimo a cada uno de los objetos de su casa, lanzando cada día una red en la que deseaba recoger la causa de la irrupción inaudita del desorden: un día cambiaba de cajón las llaves, otro día deslizaba la mesilla a medio metro de la cama. Nada. Un día trasladaba de estante la máquina de afeitar, otro día giraba el cepillo de dientes en el vaso del lavabo, sin éxito: la geometría doméstica parecía persistir inalterable cada una de las horas en su ausencia… Hasta que un día la celada tuvo presa, y a la vuelta del estudio un nuevo cambio inesperado quebró el orden del mundo sobre su mesa de cristal. Otra nota: “Me voy, y esta vez es para siempre. Aprendí a abrazar tu cuerpo en el orden de tu ausencia. Ahora no comprendo la medida de tu vida. Dejo las llaves en la mesa, y esta vez no es un error. Almudena”.
lunes, 25 de abril de 2016
domingo, 24 de abril de 2016
La medida de la ausencia (1)
Todo cambió la noche que Alfonso entró en su casa y no pudo calzarse las pantuflas al primer golpe de pie. De algún modo inexplicable, no estaban en su sitio, y solo un palmo de distancia abrió una brecha de desconfianza entre su piel y aquel refugio que hasta entonces le había sido absolutamente fiel.
Era ordenado en sus costumbres: su oficio de arquitecto le confería cierta visión geométrica del mundo. Como Le Corbusier, tenía claro que la medida de la vida pasaba por la proporción del ser humano, y según este principio procuraba organizar su entorno y su rutina. Había perfeccionado hasta tal punto la escala del espacio que en su pequeño apartamento uno podía deslizarse siguiendo la mecánica anatómica, y eran los propios utensilios los que salían en busca del cuerpo en un hechizo de ensamblaje entre el espacio y su habitante. No ocurría lo mismo, sin embargo, con la proporción del tiempo, que a menudo se le resbalaba de las manos, igual que los relojes de Dalí: viajaba con frecuencia por cuestiones de trabajo, y, cuando no lo hacía, las jornadas laborales en su estudio eran tan largas que Almudena, a quien amó durante tantos años, un buen día se había despedido con una fría nota: “No me busques cuando vuelvas; me habré ido”.
Era ordenado en sus costumbres: su oficio de arquitecto le confería cierta visión geométrica del mundo. Como Le Corbusier, tenía claro que la medida de la vida pasaba por la proporción del ser humano, y según este principio procuraba organizar su entorno y su rutina. Había perfeccionado hasta tal punto la escala del espacio que en su pequeño apartamento uno podía deslizarse siguiendo la mecánica anatómica, y eran los propios utensilios los que salían en busca del cuerpo en un hechizo de ensamblaje entre el espacio y su habitante. No ocurría lo mismo, sin embargo, con la proporción del tiempo, que a menudo se le resbalaba de las manos, igual que los relojes de Dalí: viajaba con frecuencia por cuestiones de trabajo, y, cuando no lo hacía, las jornadas laborales en su estudio eran tan largas que Almudena, a quien amó durante tantos años, un buen día se había despedido con una fría nota: “No me busques cuando vuelvas; me habré ido”.
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