lunes, 25 de abril de 2016

La medida de la ausencia (2)

Después de aquella noche en la que tuvo que tomar conciencia de calzarse, Alfonso decidió celebrar un juicio sumarísimo a cada uno de los objetos de su casa, lanzando cada día una red en la que deseaba recoger la causa de la irrupción inaudita del desorden: un día cambiaba de cajón las llaves, otro día deslizaba la mesilla a medio metro de la cama. Nada. Un día trasladaba de estante la máquina de afeitar, otro día giraba el cepillo de dientes en el vaso del lavabo, sin éxito: la geometría doméstica parecía persistir inalterable cada una de las horas en su ausencia… Hasta que un día la celada tuvo presa, y a la vuelta del estudio un nuevo cambio inesperado quebró el orden del mundo sobre su mesa de cristal. Otra nota: “Me voy, y esta vez es para siempre. Aprendí a abrazar tu cuerpo en el orden de tu ausencia. Ahora no comprendo la medida de tu vida. Dejo las llaves en la mesa, y esta vez no es un error. Almudena”.

domingo, 24 de abril de 2016

La medida de la ausencia (1)

Todo cambió la noche que Alfonso entró en su casa y no pudo calzarse las pantuflas al primer golpe de pie. De algún modo inexplicable, no estaban en su sitio, y solo un palmo de distancia abrió una brecha de desconfianza entre su piel y aquel refugio que hasta entonces le había sido absolutamente fiel.

Era ordenado en sus costumbres: su oficio de arquitecto le confería cierta visión geométrica del mundo. Como Le Corbusier, tenía claro que la medida de la vida pasaba por la proporción del ser humano, y según este principio procuraba organizar su entorno y su rutina. Había perfeccionado hasta tal punto la escala del espacio que en su pequeño apartamento uno podía deslizarse siguiendo la mecánica anatómica, y eran los propios utensilios los que salían en busca del cuerpo en un hechizo de ensamblaje entre el espacio y su habitante. No ocurría lo mismo, sin embargo, con la proporción del tiempo, que a menudo se le resbalaba de las manos, igual que los relojes de Dalí: viajaba con frecuencia por cuestiones de trabajo, y, cuando no lo hacía, las jornadas laborales en su estudio eran tan largas que Almudena, a quien amó durante tantos años, un buen día se había despedido con una fría nota: “No me busques cuando vuelvas; me habré ido”.