martes, 10 de enero de 2017

Autorretrato

Se sienta esta tarde ante el caballete y no tiene claro por dónde empezar. Hace un recorrido por su imaginario (descubre, asombrado, que la historia del arte anidó en alguna vuelta de su melifluo cerebro adolescente): se figura a Goya, flácido, apático, plateándose los rizos a pinceladas gruesas; evoca a Picasso, incrustando en el lienzo dos ojos colosales para la posteridad; se acuerda de Frida, dispuesta a no rebajarse ni un ápice de rareza… Un autorretrato, sin duda, exige valor y exige dominio. Dominio no solo del arte sino también dominio del alma: lo que la gente llama autoconocimiento, en suma. Y él no tiene claro por dónde empezar.

Impregna apenas un pincel bien fino y esboza en el fondo señales de infancia, feliz, impaciente, con color de otoño. Más cerca bosqueja las hojas de un libro que amenazan todas con alzar el vuelo. Aparece aquí (aroma, tan solo) un campo de trigo. Más allá dibuja la línea del mar, cercándolo todo: el Mediterráneo, la luz, los amores. Hay diversas manos que tocan, que abrazan, que reivindican lo digno del tacto. La vida de un lado, la muerte del otro, inmenso el vacío que acaba en la piel. Perfila algún rostro. Atenúa otros. Salpica, a la postre, todo de pasión.

Se da por vencido y toma distancia, puro escepticismo. No encuentra su imagen en aquellos trazos. Quizá es que no piensa que en el negativo de algunas estampas habita su esencia. Él ya no recuerda (adentro, en el último pliegue de su materia gris se abriga Velázquez) que algunos autores se pintan al margen.

Un autorretrato. Osada la empresa.



viernes, 6 de enero de 2017

Cuento de Navidad

Hacía más de treinta años que no pasaban la Navidad todos juntos. Apenas recordaba algún detalle de los antiguos inviernos en Benurbe. Los años y el dolor habían socavado su memoria, y ahora las medicinas le nublaban el juicio. En una hebra de lucidez pudo representárselos a los cuatro al abrigo de la lumbre, desmenuzando con sus manecillas algunos dulces sobre la mesa, igual que ahora se entretenían en cortar el lomo, minuciosos y en silencio, concentrado cada uno en su quehacer. Pensó que quedaba poco de la alegría de otro tiempo.

La casa de Benurbe, Benurbe entero, había desaparecido en las fauces del progreso. El mercadeo inmobiliario de los últimos años se había llevado por delante no solo el hogar donde habían nacido y crecido sus cuatro hijos sino la médula misma de la familia, que se disgregó y se juró silencio eterno, infectada por la codicia de un negocio al que nada le debían. Después, Alicia se había consumido en su propia tristeza. Murió también una noche de invierno, velada solo por él y por la compañía taciturna de Mayela, que repartía sus afanes entre aquella pareja de ancianos desarraigados y una familia numerosa que aguardaba en Ecuador. Los años siguieron quebrándole las fuerzas y más tarde vino el cáncer. Los últimos meses le habían devuelto la presencia de sus hijos, que a la fuerza estrecharon relaciones: Carmen le había acompañado algunas veces en el largo viacrucis de consultas y hospitales, hasta que ya no pudo apenas salir de casa; Antonio serró las patas de la cama para adaptarla a la medida de los cuidados de Mayela y le prestó una silla de ruedas que otrora había sido de su suegra; Ana los persuadió finalmente para poner el piso a la venta y Carlos, que tenía un coche con capacidad, se hizo cargo del traslado a una residencia que se promocionaba en grandes paneles en la salida de la autopista. En el finiquito de Mayela no participó ninguno.

La enfermera de la residencia le había aconsejado salir para disfrutar de aquellos días en familia. A pesar del conciliábulo de silencio que le habían tejido alrededor, bien sabía que el tiempo se le acababa y no tendría otra oportunidad para reunir a sus hijos. A juzgar por su disposición, pensó que probablemente a ellos también les hubiera prevenido algún notario de que no habría mucho tiempo antes de que la enfermedad y la morfina le turbaran finalmente la conciencia.

Mientras cenaban, absorto cada uno en su ración, los contemplaba él desde un sillón dispuesto en un extremo de la mesa. Los últimos rescoldos de su entendimiento quería dedicarlos a despedirse de cada uno de ellos, en el mismo silencio en el que había penado durante los últimos años. El mismo con el que les obsequiaría eternamente el día que en su testamento solo encontraran el nombre de Mayela.